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Ya hemos organizado una nueva expedición al TAFILALT, una ruta larga y difícil en su recorrido. La concentración en la plaza de España se lleva a efecto sin novedad. van llegando los vehículos, la mayoría de ellos todoterreno, y se van colocando uno al lado del otro. Los conductores, como siempre ocurre en estos casos, aunque sea el último en llegar, hacen la mismo pregunta, ¿ faltan muchos ?

7:00H. El sol hace cerca de una hora que se ha levantado en el horizonte; parece que va a hacer un buen día de calor. Los responsables de la expedición comprueban que están todos y dan el aviso para ponernos en marcha. Rugen los potentes motores y, de repente, la mañana se llena de ruídos. Lentamente van poniéndose en marcha hacia la frontera de Beni-Enzar. Un leve cosquilleo recorre nuestras espaldas; incluso los más veteranos lo notan, una nueva aventura se abre ante nosotros. Los vehículos enfilan la carretera de Nador que pronto dejaremos atrás para incorporarnos a la que conduce a Oujda_Alhucemas; allí habrá que coger la que conduce a la ciudad de Alhucemas, ya que nuestra ruta la hemos marcado a través de la carretera de la presa, cruce con Taourirt y con la ciudad de Guercif, en una desviación a la izquierda, se nos abre la carretera “interminable”; son 250 kms. de recorrido por territorio semidesértico, aunque de vez en cuando aparece un pequeño pueblecito como perdido en las inmensas llanuras limitadas a su derecha por la imponente cordillera del Atlas Medio, que nos llevará al cruce de Midelt, y de allí a Er Rachidía-Meski-Erfoud-Risani y Merzouga.

El paisaje cambia de manera brusca. Aquellos territorios semidesérticos dan paso a una Naturaleza, unas veces exuberante de vegetación y otras veces alternándose con zonas de sobrecogedor vacío que nos hace pensar de nuevo en lo que hemos dejado atrás.

Continuamos hacia la ciudad de Er-Rachidía, el imponente pantano-embalse de Hassan Abdakil se abre ante nuestros atónitos y cansados ojos; ¿de dónde ha salido esa enorme masa de agua que nos hace olvidar lo agreste y seco de lo que atrás hemos ido dejando?, una agradable sensación de quietud se apodera de nosotros; no estamos solos, alguien debe estar haciendo uso de esa agua y de nuevo la idea de la Civilización penetra en nuestras mentes; nunca la dejaremos atrás, nos seguirá, queramos o no, allá a donde vayamos.

La ciudad de Er Rachidía se presiente en la lejanía. De pronto, como por encantamiento, su gran avenida se abre ante nosotros y no podemos evitar que nos engulla por completo. El gentío que se mueve por las calles nos llama poderosamente la atención; no hay que olvidar que horas antes la ausencia de lo humano en las grandes explanadas desérticas nos hacía dudar de su propia existencia. Pero, ya estamos aquí, creemos que, tanto nosotros como nuestros sufridos vehículos, necesitamos ese descanso reparador que nos permitirá más tarde continuar la marcha.

La voz del jefe de la expedición nos saca de nuestro letargo. Sintiendo un placer inícuo, al igual que Cid en los “Campos de Castilla”, con voz inflexible, grita, ¡¡ en marcha !! El sol, en la ciudad de Er-Rachidía, cae abrasador, se desploma sobre la carrocería de los vehículos reflejándose en ellos y rebotando caprichosamente en los edificios colindanes. La larga columna de vehículos se pone en marcha con lentitud, la ciudad impone unas normas que hay que respetar. Serpenteando, el convoy se desplaza hacia la salida de la gran ciudad para enfilar la carretera que nos llevará a Erfoud y Risani. Los novatos agarran el volante como si éste se fuera a salir de la cabina; no sospechan lo cerca que estamos de nuestro primer destino; el paradisíaco y encantador oasis del Meski donde está ubicado el camping del Lago Azul rodeado de palmeras. Mejor, así la sorpresa será más agradable.

Ya se adivina cerca el final de la jornada. El olor del aire ya no es tan seco; una brisa, como salida de la nada, acaricia suave y constante el brazo del conductor apoyado en la ventanilla del vehículo. A la vista, y a la derecha de la ruta, un arco de pequeñas dimensiones nos indica que debemos abandonar la carretera. Trescientos metros nos separan de una bajada cementada que nos introduce en un paisaje idílico que no podíamos adivinar dado lo agreste del paisaje colindante; es el oasis del Meski, en el cauce del Río Ziz que fertiliza la tierras que atraviesa mimando un cúmulo de palmeras datileras que durante miles de generaciones ha constituido el principal alimento de la gente de aquellos lugares de aspecto bíblico.

Rodeamos el pequeño lago de la entrada y nos adentramos en el camping del Lago Azul, donde pasaremos esta primera noche. El encargado nos saluda afectuosamente; no es la primera vez que nos ve por allí, y el logotipo de nuestros vehículos, con el escorpión que simboliza nuestro Club Scorpio de Aventuras, le indica, mejor que las matrículas, de donde procedemos; en un chapurreante y simpático castellano nos indica, amable, la necesidad de inscribir nuestros nombres en el libro de registro del camping; son las normas, y hay que seguirlas al pie de la letra. El ambiente es tranquilizador, mágico; atrás han quedado casi seiscientos kilómetros de ruta que se nos antojaba interminable. Ya estamos aquí; ahora comienza una actividad frenética con la finalidad de tener las tiendas y el campamento montado antes de que el manto de la noche nos rodee; ésta la dejaremos para soñar. Poco a poco la noche va dibujando extrañas formas entre la arboleda; los ruídos del día van dejando paso a los de la noche y el croar de las ranas en el cercano río, que discurre silencioso bordeando el camping, incrementan su volumen como reinas de la noche.

Las siluetas de las tiendas de campaña se perfilan sobre un fondo claroscuro; se asemejan a extraños seres que de pronto han brotado en un lugar donde antes no había nada; saben que son nuestro refugio cuando el cansancio cierre nuestros ojos y velarán solícitas nuestro sueño, sabrán de nuestros anhelos y se darán cuenta de la inquietud ensoñadora que nos embarga por ver que nos depara el día siguiente, que ya se avecina.

 

       
 

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